César Campos - Conciencia Ciudadana

Dilemas en la política y los políticos en la coyuntura electoral reciente

En los tiempos del registro de la casi veintena de candidatos de la primera vuelta electoral, diversos analistas y académicos con entrada en los diarios, desde la extrema derecha, a la vieja izquierda, han concurrido en un mismo sofisma: “para que la izquierda tenga éxito debe ir unida”. Los analistas de izquierda, que dejaron las calles hace décadas, expresan sus percepciones, a partir de la experiencia de hace 30 años, cuando la organización social y política del pueblo estaba mayoritariamente bajo la conducción de una diversidad de organizaciones de variada génesis ideológica.
De todos ellos, quien nunca se ha expresado en esa lógica es el analista Fernando Tuesta Soldevilla que, con frecuencia y diferentes formas explica que el 80% de la población no elige ideologías, sino candidatos y ofertas de beneficio directo. Por el lado de la derecha en todos sus matices –desde liberales doctrinales a los neoliberales mercantilistas- comparten la idea de la unidad de la izquierda, con el calculado deseo que ello no será posible, por lo que abrirá un flanco a la crítica de la incapacidad para ponerse de acuerdo, malo para postular, peor para gobernar.
Del imperativo de la unidad en Izquierda Unida, en una época de apogeo del trabajo social intenso de los partidos y organizaciones políticas de la izquierda en el seno de las masas populares, se ha transitado a la unidad bajo cálculo, en una etapa donde la presencia social de las organizaciones de izquierda se funda en mecanismos de control burocrático, clientelista, rentista y poca o nula influencia en el comportamiento de la sociedad.

Una apreciación razonable al respecto, vista desde la tribuna, es que la unidad es buena y necesaria, pero no con cualquiera ni a cualquier precio; es decir, el criterio selectivo de la calidad de los aliados, reside en que la participación electoral no puede estar en centro de las decisiones, haciendo eco del chantaje por la supuesta paradoja del “dueño de la pelota”, sino la posibilidad de gobernar o co-gobernar con sentido de trascendencia histórica, lo que implica tres grandes condiciones: i) el reconocimiento del liderazgo y la autoridad del jefe del proyecto (una importante parte de la ciudadanía, ya se ha expresado identificándolo); II) coherencia en los criterios esenciales del programa y plan de gobierno, sin forcejeos ni reticencias; iii) seguridad de la cohesión y disciplina de los equipos políticos en el Congreso y los equipos técnicos en la gestión del Ejecutivo.

Tras la reiterada confesión de arrepentimiento casi todos los dirigentes de izquierda, respecto de su apasionado apoyo a la victoria del ex presidente Ollanta Humala, hace 10 años, resulta paradójico verlos en traumatizante búsqueda de candidatos para la primera responsabilidad política del Estado fuera de la política y fuera de las organizaciones; sea en el cuartel, en la parroquia, en la academia y en el colegio de secundaria, responsables sólo a sus propias personas -permisible en una democracia presidencialista- pero alejado del control político y de la responsabilidad de rendir cuentas dentro de los cauces organizativos en lo que sustentó la postulación, por lo que se avienen a un nuevo espectáculo de grandes brechas entre elegido y los electores, así como la justa desidia de las masas para defender su gobierno, con la concurrente desviación caudillista y el caos social.

Todo lo expresado nos lleva la afirmar sin lugar a dudas, que la unidad amplia de la izquierda en el siglo 20 constituye el más autista de los sofismas en el siglo 21.